Estos fragmentos fueron elaborados en septiembre del 2024 como trabajo final del seminario: ‘Historiografía negativa. Hacer historia en el siglo XXI’, impartido por Andrés Gordillo, en 17, Instituto de Estudios Críticos. Se trata de una autografía. La propia historia personal leída como un registro historiográfico que, en clave crítica, ensaya la noción de no-identidad de Theodor W. Adorno.
No me siento cómodo con las etiquetas y las clasificaciones, ni con su inherente vanidad al hablar o escribir sobre uno mismo: Soy esto, soy aquello, he hecho esto, vengo de aquí, voy hacia allá. La autorreferencialidad me resulta demasiado arraigada al sujeto moderno. Sí, a la idea del sujeto racional, competitivo y autosuficiente. Ese para el que no hay más allá de la búsqueda de una vida competitiva y utilitaria.
Alberto Moreiras sabe que no se puede pensar si no es de forma autográfica. De otra forma, solo se sigue un programa, el programa del discurso universitario. Por eso aún y cuando el estilo de la escritura sea impersonal y aspire a la no-identidad, sigue siendo un ejercicio autográfico; un asunto íntimo que expone en su particularidad las experiencias vitales. Y que debilita, además, el discurso amo de la subjetividad dominante contemporánea y su inherente vanidad al hablar de uno mismo. Por eso hablamos de autografía y no autobiografía. En la escritura, como bellamente dijera Eleonora Cróquer Pedrón, lo que está en juego es la vida. Por lo tanto, lo que me interesa de la cita de Alberto es la idea de la implicación subjetiva como condición del pensamiento. Inscribir la propia subjetividad. Poner el cuerpo.
Lo que sigue es un borrador que se arriesga a ensayar la ´escritura del yo´. La táctica consiste en armar una constelación de momentos a partir de objetos, imágenes que evocan sensaciones particulares y que reflejan algunos de mis desplazamientos vitales. En función de la individuación y la desidentificación, para reflexionar sobre esta necesidad de moverse entre mundos: actividades, estilos y enfoques, en busca de algo que nunca se termina de encontrar. Un viaje, una cierta condición marrana. Detenerse en la experiencia interior para facilitar la exposición de eso que está fuera del texto pero que se accede a través del texto.
Recurro a la constelación —o lo que entiendo por ella—, Walter Benjamin de por medio, como un recurso para iluminar el pasado posibilitando otra interpretación, otra lectura de mi historia personal. Las actividades subculturales descritas, son para mí una forma de hacer distancia a las expectativas impuestas por el ordenamiento de la vida. Una negación, una pulsión negativa. Hacia la promesa de estar cómodo en la errancia, en la ambigüedad de un lugar en donde, como dijera Andrés Gordillo, lo que se hace nunca se identifica completamente con lo que se es.
Tenis de torta
Aquellos tenis de ´torta´ casi totalmente blancos, con su suela desgastada y agujereados de los lados, por la continua fricción con la lija, suponían una no sutil y cursi forma de declaración adolescente. Un objeto, un fetiche cargado de memoria que, por su condición, pareciera entusiasmado por contar su propia historia. De ese tipo de objetos que es muy difícil que alguien más allá de su dueño pueda llegar a valorar. Siguiendo a Benjamin, tal vez se podría decir que en ese par de tenis quedó registrado un pasado singular y que, pese a su frágil estado, cristalizaba pequeños fragmentos de ´rebelión´.
El papá casi no se los compra en el mercadito del centro. Accedió únicamente porque cumplían con el color blanco obligatorio por la secundaria. Para el niño, evidentemente representaban su necesario espacio de escape. La romántica resistencia al modelo de lo que no se quiere ser, pero que las instituciones consideran lo correcto. A los profesores y profesoras les daba cólera. Una de ellas incluso pidió frente a todo el grupo:
—¿Alguien tiene un par de tenis que le regale a Sánchez?
Era humillante, claro, pero lo que de verdad le angustiaba era saber que, aún y cuando esos tenis le habían hecho ganarse el respeto de otros patinadores locales, cada vez que perfeccionaba más trucos, sentía menos. Y no lo entendía. Con el tiempo, patinar dejó de ser un refugio. El tiempo —o más bien, el orden social— absorbió la libertad del acto. Ese ordenamiento del mundo, como una cruel entidad silenciosa, erosionó el sentido de cada truco, así como la lija con los trozos del tenis. Y aún cuando su última tabla estaba en buenas condiciones, se dejó seducir por otro significado. Otra cosa lo hechizo. Otra búsqueda. Lo que quedó fue el desconcierto del por qué una actividad tan potente había dejado de emanar esa luz tan especial que alguna vez tuvo.
Reverso de la foto del H.H.
Esa foto, guardada detrás de las películas en DVD, es ahora el vestigio de un pasado que ya no le pertenece. En el reverso hay una caligrafía en mayúsculas, alargada y orientada a la derecha que aún hoy reconoce a la perfección. Él, incluso hoy sigue escribiendo con ese estilo. Remite al eco de una amistad que tantas veces quedó marcada sobre muros. El B., su ex mejor amigo, se la regaló en su cumpleaños número veintidós. La foto del primer rótulo que pintaron juntos. El del edificio del HH. Al menos jalamos haciendo algo que nos gusta, había dicho el B. alegrándose porque esa habilidad les estaba haciendo ganar algo de plata, y les permitía evitar el aburrimiento de los típicos empleos a los que podían acceder las personas de su edad.
El rótulo consistía en unas letras con múltiples adornos barrocos que dejaban ver su herencia graffiteresca. La fotografía le recordó la época antes de dedicarse a hacer rótulos, cuando darle a la pintada era una especie de diálogo con los ritmos de la ciudad, un pequeño acto de resistencia contra el orden visual de la urbe. Un tipo de lenguaje que solo aquellos que practican graffiti son capaces de leer. Otra manera gozosa de relacionarse con la ciudad. Sus registros quedaban plasmados en superficies que parecían permanentes, pero que nunca lo eran. Como si lo vital de una práctica subversiva estuviera condenado a ser absorbido, a diluirse en las paredes y a ser olvidado. Para él, en cada ´bomba´ o ´pieza´ había un intento por capturar lo que no quería que fuera efímero, esa temporalidad que Benjamin llamaría el aura, algo único y no reproducible.
Pero con el tiempo, las pintas que alguna vez fueron expresiones de escape, de ruptura, se convirtieron en logros medibles: cuantos trenes has pintado, a cuantos espectaculares te has subido, cuantos concursos has ganado, en cuantas revistas has salido. Esa horrible sensación de no poder desmarcarse de la competitividad. Lo que empezó como una declaración desestabilizadora y de camaradería terminó siendo devorado por las opiniones de otros, por esa cochina lógica que convierte cada gesto de subjetividad en un producto. La reproductibilidad técnica que Benjamin denunciaba se había infiltrado en lo que se creía irreductible: la expresión singular del graffiti. Atrapado en las redes del reconocimiento externo, donde la expresión se desvanecía en la búsqueda de fama. ¡Qué hueva! El graffiti, que en un principio era un gesto al margen, un acto secreto que solo quienes compartían su código podían leer, se volvió algo demasiado visible. Un jodido producto más.
¿Dónde está el aura cuando lo divertido se vuelve dolor frente a las expectativas sociales? Incluso dejó de poner su ´tag´ como una forma de despersonalización. No solo para hacerlo más soportable a las expectativas, sino porque a su vez, de esa forma negaba el graffiti. Se alejaba de pintar pero sin dejar de pintar. Una forma de pintar buscando un sentido más acorde a su deseo. Un gesto marrano, en cierto sentido, de resistir: seguir haciendo sin ser reconocido, de volver al seno materno del anonimato como una forma de escapatoria.
Por esta época también vino el trainspotting. Pero en lugar de anotar los números de los vagones de carga, se trataba de identificar y documentar en foto las pintas venidas de EUA y Canadá, en ese gigantesco lienzo en movimiento, sin importar si a alguien más le interesaba ver tales imágenes. Como si ese acto de hacer por hacer fuera otra forma de resistencia silenciosa, donde lo importante ya no fuera lo visible, sino lo oculto, lo irreconocible… lo transitorio. El rastro de lo que alguna vez fue significativo quedó capturado en esas imágenes guardadas, sin necesidad de ser exhibido ni consumido por los otros. Pero esa resistencia también se esfumó. Ya no supo ni lo que quería. Había desgaste en esconderse, en resistir en los márgenes, en huir siempre hacia lo indefinido. ¿Por qué hoy me gusta esto y mañana no? El mensaje en el reverso de aquella foto, se volvió un recordatorio doloroso de lo que había perdido, de lo vacío que se sentía al seguir pintando… o al menos de esa manera. La promesa rota de una amistad y de una época donde incluso la auténtica camaradería había sido absorbida por la vanidad y la competencia.
Letras impresas
Observar detenidamente las letras de los textos de unos ejemplares al azar de la revista Time, que no sé sabe quién le había regalado a su familia, se había vuelto una práctica abductora. Había una seguridad, una certeza en cómo se estructuran las formas de las letras en las palabras, y estas en los bloques de texto, que le fascinaba. Cuando empezó a dibujar letras, quisó capturar esa sensación. Ahí encontró, por un tiempo, un refugio. En las formas, en los detalles minuciosos, en los ángulos, algo suficientemente potente para anclarse. Intentaba que, con recursos análogos, los resultados estuvieran tan precisos que parecieran hechos por computadora. Dibujaba letras porque le gustaba como un recurso marginal tenía la capacidad de cumplir con el ciclo completo de la comunicación visual, estando a la par de recursos más habituales como dibujar ilustraciones o tomar fotografías. Ese acto también buscaba ser un gesto de aguante frente a una cultura saturada de imágenes representadas y compuestas visualmente de la misma manera. O al menos así lo creía él. Hubo trabajos publicados, colaboraciones en proyectos. Pero con cada línea perfecta, con cada trazo impecable, algo se borraba. Lo que antes daba control, un fuerte basamento, como la exactitud de las patas de una letra con serifas, ahora le devolvía la angustia. El aura de la creación se disolvía en imposturas. Y es que sentía que ya no dibujaba para él, sino para cumplir con expectativas externas. Esa forma de creación dejó de sentirse propia. Además, la realidad de su entorno le pesaba demasiado para continuar. Fue imposible seguir como si nada pasara, inmune, sentado dibujando letras. Como el Tote —en aquella canción sobre las imposturas y la figura de Bartleby, de Melville—: “pensar que nada de lo que he hecho hasta hoy es mierda buena”, terminó atrapado por una autoexigencia que no le dejaba respirar. Porque el capital transforma incluso las luchas internas en formas de explotación. El acto de crear, se volvió un acto de repetición vacío, un ritual que había sido hermoso perdió su significado. Al final, se quedó otra vez sin refugio, atrapado entre la necesidad de crear y el deseo de escapar del orden que asfixia.
Lógica de producción
La búsqueda de la perfección que antes le atrapaba ahora ha sido reemplazada por la eficiencia y la utilidad. En ningún proyecto podía ignorar la realidad: todo era abrumadoramente transitorio, cada idea nacía para ser explotada e instrumentalizada por ese Otro. Como en esa reflexión de historiografía crítica, donde prácticamente todo lo que alguna vez tuvo valor subjetivo termina inevitablemente siendo consumido por el ciclo de producción económica. La impotencia crecía día tras día. Esta vez, no hubo necesidad de esperar a que la angustia le devorara. Esta vez, la resistencia no fue silenciosa ni inconsciente. El corte fue violento con la momentánea satisfacción de, ahora sí, saber exactamente por qué. Marketing, UX”, Futuros, cada una de estas palabras aburguesadas resonaban con la frialdad de una instrumentalización corporativa que ahora sí veía con claridad. Entendió que cada post, cada idea que publicaba, era solo una pieza más en el engranaje del capitalismo. Ay, el jodido scroll en el narcisismo de LinkedIn. Qué asco. Porque esa cosa estaba diseñada para absorber cualquier tipo de oposición, el progreso y el mercado, una vez más, se llevaron lo poco que quedaba. Le dio vergüenza y pánico saber que ya no contaba con ningún lugar de resistencia a la cual migrar. Las que conocía ya hacía mucho habían sido cooptadas. Ese encerramiento del que no podía escapar, le hizo entender que la presión por esa horrible necesidad de valoración, al igual que lo anterior, tampoco le definiría. Pero, si uno no se identifica con lo que hace, ¿cómo se llega a ser lo que se es?